24 de marzo de 2009

Un cuento de olores

Cuentan que hace mucho, mucho tiempo, en un país lejano había una bruja a la que le molestaban enormemente los olores, por lo que, un día barrió con su escoba los olores del mundo ¿y sabéis lo que pasó? Las flores no olían, ni los árboles, ni las frutas, ni el mar... nada tenía olor y tanto los hombres como los animales estaban muy tristes. ¿Por qué?
Porque resulta que los hombres cuando comían no sabían lo que comían, tanto las naranjas como las mandarinas o las peras habían perdido su sabor, todo sabía igual, es decir a nada... Y muchos animalitos que se guiaban por su olfato para comer, pasaban hambre por que no sabían encontrar su comida.
Un día de verano, un pequeño topo salió a la superficie desde su madriguera llorando desconsolado. Era un precioso topo, de cuerpo rechoncho, cola cortita y ojos diminutos, con un pelo negro, tupido y suave. En los subterráneos donde vivía y se guiaba por su finísimo olfato, no encontraba lombrices e insectos con los que alimentarse.
Los topos están acostumbrados a vivir en la oscuridad, viven debajo de la tierra y hacen unas largas galerías. De vez en cuando salen fuera para tirar la tierra que excavan. Como no tienen oído, su olfato que por cierto es muy fino, es para ellos muy importante.
Mientras lloraba y secaba sus lágrimas, con sus manos anchas y fuertes, pasó "el hada del bosque". Al verle le preguntó:
-¿Por qué lloras pequeño topo? Y le acarició la cabeza, mientras que el topo entre hipos le contaba.
- La bruja pasó con su escoba y dejo el mundo sin olores y mi olfato no me sirve para buscar comida. Mi mamá y mi papá están muy tristes y no saben qué hacer para que no pasemos hambre porque tengo muchos hermanitos pequeños.
El hada del bosque se quedó pensando. Ella conocía bien a la bruja, de vez en hacía alguna trastada, pero con ésta se había pasado. Decidió ir a hablar con ella para ver cómo podrían arreglar el problema.
-No llores más y no te preocupes, pequeño topo; hablaré con la señora bruja y veremos si se puede arreglar.
Desapareció la bella hada, que tenía unos pelos rubios muy largos, y llevaba un vestido azul, con estrellas de plata, y fue a buscar a la bruja, que vivía en una pequeña casa en un rincón del bosque. Llamó a la puerta: ¡toc, toc, toc!
-¡Entra¡ - Dijo una voz acatarrada y muy ronca.- La puerta está abierta.
-Soy el hada del bosque -dijo entrando en la habitación, donde al lado de chimenea estaba sentada la bruja que era muy viejecita, tenía la cara arrugada, la nariz larga y el pelo muy blanco.
-¿Qué quieres? -le preguntó.
-He venido a hablar contigo -le dijo el hada- encontré en el bosque a un pequeño topo llorando y me ha contado que pasaste con tu escoba dejando el mundo sin olores. No puedes imaginarte el problema que es para ellos, porque no pueden encontrar su comida y están pasando hambre. Dime ¿cómo podemos llegar a un acuerdo para arreglar este problema?
-¡Ay, hija¡ no lo sé, porque cogí una alergia y todos los olores me hacían estornudar, me pasaba el día haciendo ¡atchiis¡ ¡atchiis¡ y no podía vivir, así que decidí quitar todos los olores, lo siento mucho, pero no pienso volver a ponerlos porque que a mí me ponen muy enferma.
Pero el hada, que conocía a un viejo médico que era muy sabio, cogió de la mano a la bruja y le dijo:
-¡Ven conmigo¡ verás como tu problema tiene arreglo. -Y sin dejarla rechistar, la llevó hasta el hospital.
Allí, el médico que era muy amigo del hada del bosque, curó a la vieja bruja de su alergia.
Cuando la pobre bruja vio que estaba curada, se puso muy contenta y devolvió los olores al mundo. Aquél fue un día de mucha alegría y se hizo una gran fiesta. Los habitantes del país hicieron exposiciones de olores y desde entonces se dieron cuenta de lo importantes que son, aunque no se vean ni se toquen.